javier abdala

artista escultor

Texto Curatorial de Expo Museo Zorrilla

Licuadora salvaje

“Las esculturas que yo hago no se han hecho hasta ahora; por eso las puedo hacer. Si uno agarrara todos los dibujos que se hacen en la playa y los fijara, sería algo muy parecido a lo que yo hago en escultura”

Georg Baselitz

En su libro El sistema de los objetos, el filósofo Jean Baudrillard escribe, al referirse a la madera y a los muebles, lo siguiente: “la madera, que es tan solicitada hoy por nostalgia afectiva, puesto que saca su sustancia de la tierra, puesto que vive, respira, ‘trabaja’. Tiene su calor latente, no sólo refleja, como el vidrio, arde por dentro; guarda el tiempo en sus fibras, es el continente ideal, puesto que todo contenido es algo que queremos sustraer al tiempo. La madera tiene su olor, envejece, hasta tiene sus parásitos, etc. En pocas palabras, este material es un ser.”

Luego, el autor se refiere a la imagen del roble macizo, evocadora de muebles pesados, de generaciones sucesivas, del hogar y de la familia; y también hace referencia al “calor”, un calor significado —dado que no hay variaciones de temperatura—, y llega a preguntarse si la madera, junto a otros materiales que son usados en nuestra vida cotidiana para fabricar objetos que alimentan una “nostalgia de lujo”, conserva en la actualidad su sentido, ya que todos estos materiales pueden ser sustituidos por sustancias plásticas o polimorfas. La madera, el mármol y el bronce, entre otros, pueden ser hoy sustituidos por el cemento, la formica, el polietileno y el nylon, ya que lo que verdaderamente importaría sería la funcionalidad real del material y no las nostalgias propias de la burguesía y de la aristocracia.

Los nuevos materiales han generado muchas posibilidades y han modificado su propio sentido. Baudrillard se detiene en la relación entre los objetos realizados con materiales como la madera y los objetos nuevos, ya que entre ellos se genera una integración abstracta y un sistema ordenable de símbolos. La lógica de este sistema es “irreversible e ilimitada”, y ningún objeto escapa de ella, así como tampoco escapa de la lógica formal de la mercancía.

Cuando los artistas eligen la madera para trabajar, tampoco escapan de estas lógicas y de otras que tienen que ver con las realidades políticas y económicas propias de países como el nuestro. La madera, como materia prima para la realización de objetos simbólicos, también está atrapada en esas nostalgias, ya que podrían utilizarse otros materiales. Sin embargo, hoy en día son muchos los artistas uruguayos que trabajan con este material —los escultores Juan José Núñez, Ricardo Páscale, Federico Arnaud, Carlos Guinovart, Andrés Santángelo, Pablo Damián y Wilfredo Díaz Valdez, entre otros; y los pintores Carlos Musso, Juan Uria, Felipe Secco y Gustavo Fernández, entre otros—, ya sea por su “nobleza” o por su pobreza, por tradición o por necesidad. De la volqueta al taller, del mueble antiguo de remate al taller, del campo al taller: esa es la lógica que se mantiene y que ya ha generado una identidad dentro del panorama de la escultura contemporánea en nuestro país. Un material al que resulta fácil acceder, ya sea porque el nuestro es un país gravemente forestado, o por ser uno que vive de añoranzas y de no tirar nada que sea viejo. Un país del re-uso de las cosas hasta el infinito.

Javier Abdala utiliza la madera como su materia prima: es con ella que dialoga, se involucra, se expresa, se comunica y genera un sistema de objetos que pueden ser llamados “esculturas” y “pinturas-esculturas”, ya que muchas de ellas se vinculan fuertemente al plano y se alejan cada vez más de una posible definición de “escultura-escultura”, que supone que ésta tendría que poder ser apreciada en todo su contorno. Abdala viene desde hace tiempo construyendo objetos que talla con su motosierra de manera salvaje y expresiva. En muchos casos recurre a la pintura para dar más vida a sus personajes.

En las formas planas —pinturas-esculturas— trabaja de la misma manera que en los objetos con volumen: la madera es tallada, ensamblada con clavos y pintada. En algunos casos, estas maderas son propias de cierta “nobleza” pero, en otras, su origen es la basura o el descarte. Al pintarlas, Abdala las aleja del “calor” propio del material y al mismo tiempo lo resignifica. Pasa a ser solo soporte: el símbolo se halla en sus personajes, en sus máscaras, en los espacios de diálogo que genera. La transformación de la materia es la base del trabajo del escultor, del artista. En este caso hay una cierta precariedad en las piezas y en los personajes: el escultor no pretende ser un Miguel Ángel.

La intención de Abdala es hablar sobre temas como la guerra, la violencia, el consumo, la fascinación, la muerte, lo cotidiano, la inmigración (como en Engranajes, Mercurio y Mona Lisa, En plena cocina, El ciudadano y Un amigo con la parca,), sus gustos personales (Con Kawabata y Woody) y sobre la uruguayés, la burocracia y la lentitud de nuestro país (2 de la tarde). Muchas veces, el único vínculo entre las piezas es la materia con la que están realizadas ya que, además de la madera, en algunas ocasiones el artista incorpora a sus obras chatarra u objetos industriales.

Abdala trabaja cada pieza por separado, por lo que se maneja con libertad y sin pensar en un conjunto coherente. Al final, esto se termina dando por ósmosis y no por un planteo conceptual muy profundo: en su taller reinan la intuición, la improvisación y un gusto por la estética que lo dejan libre a la hora de crear.

Aunque estudió escultura con Javier Nieva, lo que haría pensar en que su producción se vincule más a lo académico, su obra pasa por un lugar más expresionista, muy influenciado por el arte de los años ‘80. En su escultura, estas influencias pueden verse como capas superpuestas o como ingredientes de un gran licuado, donde la licuadora es el propio artista. Un poco de Musso y Seveso, un poco de Javier Nieva, Jaime Escala y Clever Lara, un poco de Baselit y Basquiat, una pizca de Cy Twombly, unos gramos de Manolo Valdez y Francisco Leiro, una pizquita de Rauschenberg y de Eliot Hundley y un poco de Aarón Curry. De todo esto —y de lo mucho que aporta el propio creador— surge esta serie de pinturas-esculturas y alguna otra pieza de gran porte. También podría vincularse su trabajo al art-brut, sobre todo a Jean Dubuffet y a algunas cosas del movimiento Cobra y del comic.

Abdala se parece mucho a muchas cosas, pero es él mismo: sus grotescos y sus personajes están cargados de personalidad —una personalidad típica de estos veloces tiempos—, pinta sus objetos de forma descontraída, a sus tajos y marcas en la madera y a sus ensamblajes les añade, con la pintura, una belleza salvaje ordenada; genera con los colores espacios dentro del cuadro que hacen que ellos habiten su lugar, comunicándose entre sí, aunque en algunas ocasiones los personajes habitan soledades bastante crueles. En todas las piezas se puede reconocer la búsqueda de un lenguaje propio y de una libertad expresiva sin ataduras: libre de las modas, tan patéticas ellas. El recurso de la madera, de su “calor” y de su nobleza, queda a un lado y da paso a la importancia del símbolo y del significado: del arte.

Gustavo Tabares.   Abril de 2009

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